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5 de julio de 2008

El Niño que creció en la Playa de Estorde

Fernando Torres pasó largos veranos metiendo goles en el arenal de Estorde y compartiendo fútbol con sus amigos en Dumbría y Corcubión
Autor: Eduardo Eiroa

Brillar en la Eurocopa es el último paso de una carrera que, a los 24 años de edad, no puede ser larga, pero sí que ha pasado por distintas etapas. Fernando Torres (Madrid, 1984) demuestra hoy su olfato. Se juega con la selección un gran título. Tal vez el más importante de su vida deportiva. Pero antes de llegar ahí, antes de convertirse en estrella indiscutible del Atlético de Madrid primero y del Liverpool después, metió muchos goles en los equipos juveniles del club madrileño. Y otros muchos en los campeonatos de verano que se jugaban en la Costa da Morte.
Y es que el Niño mito fue antes niño, sin mayúsculas, regateando balones con su pandilla de amigos en la playa ceense de Estorde.
Aquella pandilla marcó su vida. Aún hoy Torres regresa con frecuencia a Santiago, donde mantiene relaciones personales fraguadas en esa esa época, una década atrás.
La conexión gallega de Fernando Torres hay que buscarla en su padre. José Torres, natural de una aldea de Boqueixón (Santiago). Tenía el genio del fútbol 6 años de edad cuando su progenitor decidió establecer su base para veranear en la Costa da Morte. Fue un poco por azar. Pasó por Estorde y le gustó. Y allí la familia se hizo con un pequeño apartamento frente a la playa donde desde hace casi 20 años no perdonan las vacaciones.
Allí, en la pequeña playa de Cee, Torres hizo amigos. Norman, Xacobe, Ramón. Son muchos los vecinos de su quinta de la zona que pueden decir que jugaron con Torres. «La primera vez que lo metí a jugar al fútbol con la pandilla tenía 10 años», recuerda Ramón Marcote, amigo de Torres y preparador físico de las categorías inferiores del Atlético -también ese trabajo se forjó en torno a la pandilla de entonces-. «Era veloz, ágil, versátil, con cambios de ritmo muy agresivos, no le veías grandes alardes de calidad, pero sí fuerza, potencia. Jugaba con un punto diferente», dice Marcote. Y aún tenía 10 años. «Era muy delgado, y en los partidos en la playa corría como un loco», relata su amigo.
Desde entonces, el astro comenzó a jugar en las pachangas. Las dos semanas de verano se las pasaba detrás del balón, en la playa de Cee o en los campeonatos de fútbol que se jugaban en la zona.
El ariete del Liverpool, el finalista de la Eurocopa con la selección, sabe lo que es pasar por el campeonato de fútbol playa de Ézaro (Dumbría) o por el de fútbol sala de Corcubión, o por el maratón de fútbol de Cee. Año tras año repetía con los amigos, hasta que la estrella empezó a brillar demasiado. Ganó con España el Mundial sub-17. Tenía 16 años, fue el máximo goleador y elegido mejor jugador de aquella cita. A los 17 debutaría con el primer equipo. Aquel partido, en segunda, fue contra el Leganés. A los cinco minutos había vuelto loco al equipo contrario y logrado la expulsión de uno de sus jugadores. Al año siguiente le tocó Aragonés como entrenador. «Aún se le ve hoy esa forma de ser, tiene mucho carácter, no deja que le den collejas porque sí», cuenta Ramón Marcote.
Torres lo ha logrado casi todo en el fútbol. Ya no pasa desapercibido y hace tiempo que no se deja caer por Cee. Su familia aún se relaja en Estorde, pero el Niño del Liverpool anda menos por la Costa da Morte, esa zona donde, tal vez, se forjaron sus mañas con el balón.

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